Solo el tenue sonido del grafito contra la superficie del papel y el de una respiración extremadamente profunda, casi inaudible; se atrevían a romper el silencio absoluto, sagrado y ritual de la habitación apenas bañada por la luz de una lampara de escritorio de estilo inglés. Un hombre se apoyaba sobre un escritorio de madera, también de estilo inglés, sentado en una silla bastante pesada, aunque, cuidadosa y delicadamente tallada; aparte de esto lo único que dejaba ver el beso de la lampara era una pequeña estatuilla de cerámica de un gran danés y otra, al lado, de una gato blanco y negro. La mayor parte de las paredes estaban cubiertas por libros en estanterías de madera y la ventana, que mostraba un jardín apenas iluminado por un reflejo plateado, flanqueada por cortinas de un tono claro que hacía juego con el escritorio.
La agitación de quien descubre algo impresionante, o, que nunca había logrado percibir antes se notaba en la forma apresurada, y algo frenética, en que se movía el brazo que sostenía el lápiz y que llegaba a pasar una leve vibración al resto de su cuerpo. Se detuvo por un momento y volteó de un movimiento la cabeza para ver por el rabillo del ojo en dirección hacia la puerta, entreabierta, de madera tallada de aquel estudio. Me eche levemente para atrás para que no me notase, a pesar de la oscuridad casi absoluta del corredor en el que estaba creo que de algún modo sabía que estaba ahí, parado, observándolo; me acerqué de nuevo cuando volví a escuchar el sonido del lápiz sobre el papel, esta vez me acerqué un poco más, estoy casi seguro que la luz de aquella lampara lograba dibujar levemente el perfil de mi rostro, apoyé mi mano sobre la manilla de la puerta y un chasquido casi insonoro me heló la sangre.
Esta vez volteó la cabeza completamente y miró en la dirección en la que estaba, aunque francamente no sabría decir si pudo verme o no; una leve sonrisa se dibujo en su rostro, mi rostro, levemente avejentado de alguna forma sabía que alguien lo observaba, que yo lo observaba, que el mismo se observaba, que me observaba a mi mismo, pero no le importaba. No importó lo imposible que esto pudiera sonar, de alguna forma creo que estábamos, estaba feliz de reencontrarse conmigo, con él; de reencontrarse en ese momento tan sutilmente divino, sagrado, de poder compartirlo consigo mismo de una forma que no podía ser más perfecta, más precisa, más elocuente o más imposible.
La agitación de quien descubre algo impresionante, o, que nunca había logrado percibir antes se notaba en la forma apresurada, y algo frenética, en que se movía el brazo que sostenía el lápiz y que llegaba a pasar una leve vibración al resto de su cuerpo. Se detuvo por un momento y volteó de un movimiento la cabeza para ver por el rabillo del ojo en dirección hacia la puerta, entreabierta, de madera tallada de aquel estudio. Me eche levemente para atrás para que no me notase, a pesar de la oscuridad casi absoluta del corredor en el que estaba creo que de algún modo sabía que estaba ahí, parado, observándolo; me acerqué de nuevo cuando volví a escuchar el sonido del lápiz sobre el papel, esta vez me acerqué un poco más, estoy casi seguro que la luz de aquella lampara lograba dibujar levemente el perfil de mi rostro, apoyé mi mano sobre la manilla de la puerta y un chasquido casi insonoro me heló la sangre.
Esta vez volteó la cabeza completamente y miró en la dirección en la que estaba, aunque francamente no sabría decir si pudo verme o no; una leve sonrisa se dibujo en su rostro, mi rostro, levemente avejentado de alguna forma sabía que alguien lo observaba, que yo lo observaba, que el mismo se observaba, que me observaba a mi mismo, pero no le importaba. No importó lo imposible que esto pudiera sonar, de alguna forma creo que estábamos, estaba feliz de reencontrarse conmigo, con él; de reencontrarse en ese momento tan sutilmente divino, sagrado, de poder compartirlo consigo mismo de una forma que no podía ser más perfecta, más precisa, más elocuente o más imposible.