El mundo se deshacía tras de mí. Valles, montes, jardines, playas, todo se volvía a la nada mientras corría sin ningún sentido, aparente, tratando de sortear todos los obstáculos que el camino ofrecía. Seguí corriendo pisando grava, arena y todos los terrenos imaginables; me sentía completamente cansado pero no podía detenerme, no podía dejarme llevar a la nada, había algo que me lo impedía muy dentro de mi pecho.
La desesperación me carcomía mientras los paisajes que me rodeaban cambiaban, mutaban y se fundían en el vacío absoluto que se formaba tras mi paso. Un agujero negro que parecía absorber todo, asegurándose primero de triturarlo bien antes de tragárselo. Sentía que el corazón me iba a reventar en cualquier momento; la cabeza me daba vueltas, parecía que me la estuvieran estrujando desde ambos lados, tratando de destrozarme el cráneo.
Aun así seguía corriendo como si algo me llamase, como si algo me obligase o más bien me invitase a seguir corriendo, a seguir luchando para no quedar diluido en la nada junto con todo cuanto hubo tras de mi hasta aquel entonces y que hoy parecía nunca haber existido.
Crucé un arco formado por las ramas de dos arboles, cuya curvatura se pronuncio en dirección hacia la nada y termino desapareciendo por completo al deshacerse los troncos en la nada, y llegué a un jardín, a lo lejos entre flores de jazmín y algunos rosales, vi..., te vi; vi tu imagen y en mí solo quedó el deseo de llegar a ti, de llegar y abrazarte, a tu lado, me decía el instinto, estaría a salvo; solo a tu lado la nada me dejaría para transformarse en el todo.
Corrí llevando mi cuerpo al límite, por ti, por el simple destello de tus ojos. Corrí solo por la confianza en el sueño loco de que a tu lado, en tus brazos y tu en los míos, nada más podía pasar y porqué la nada me parecía menos terrible entre tus brazos, pues si de todas formas habría de llegarme la nada quería que me encontrase en tus labios.
Tomé mi último aliento al llegar más cerca tuyo y cuando ya estaba casi a tu lado el dolor en la espalda me dejo tendido, absorbido en la nada, era como si me hubiesen tirado un balde de agua helada, como si miles de piedrecillas pequeñas me hubiesen impactado al mismo tiempo. La oscuridad me rodeó.
Un sonido muy fuerte y familiar me golpeo en los oídos, la realidad estaba devuelta y mi despertador lo anunciaba como siempre. Había sido solo un sueño, un sueño furtivo que otra vez había entendido mejor mis sentimientos aun más de lo que yo jamás hubiese podido hacerlo, nunca, despierto.
La desesperación me carcomía mientras los paisajes que me rodeaban cambiaban, mutaban y se fundían en el vacío absoluto que se formaba tras mi paso. Un agujero negro que parecía absorber todo, asegurándose primero de triturarlo bien antes de tragárselo. Sentía que el corazón me iba a reventar en cualquier momento; la cabeza me daba vueltas, parecía que me la estuvieran estrujando desde ambos lados, tratando de destrozarme el cráneo.
Aun así seguía corriendo como si algo me llamase, como si algo me obligase o más bien me invitase a seguir corriendo, a seguir luchando para no quedar diluido en la nada junto con todo cuanto hubo tras de mi hasta aquel entonces y que hoy parecía nunca haber existido.
Crucé un arco formado por las ramas de dos arboles, cuya curvatura se pronuncio en dirección hacia la nada y termino desapareciendo por completo al deshacerse los troncos en la nada, y llegué a un jardín, a lo lejos entre flores de jazmín y algunos rosales, vi..., te vi; vi tu imagen y en mí solo quedó el deseo de llegar a ti, de llegar y abrazarte, a tu lado, me decía el instinto, estaría a salvo; solo a tu lado la nada me dejaría para transformarse en el todo.
Corrí llevando mi cuerpo al límite, por ti, por el simple destello de tus ojos. Corrí solo por la confianza en el sueño loco de que a tu lado, en tus brazos y tu en los míos, nada más podía pasar y porqué la nada me parecía menos terrible entre tus brazos, pues si de todas formas habría de llegarme la nada quería que me encontrase en tus labios.
Tomé mi último aliento al llegar más cerca tuyo y cuando ya estaba casi a tu lado el dolor en la espalda me dejo tendido, absorbido en la nada, era como si me hubiesen tirado un balde de agua helada, como si miles de piedrecillas pequeñas me hubiesen impactado al mismo tiempo. La oscuridad me rodeó.
Un sonido muy fuerte y familiar me golpeo en los oídos, la realidad estaba devuelta y mi despertador lo anunciaba como siempre. Había sido solo un sueño, un sueño furtivo que otra vez había entendido mejor mis sentimientos aun más de lo que yo jamás hubiese podido hacerlo, nunca, despierto.
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