viernes, 15 de agosto de 2014

Historias sin interés... (35)

Se quedó tendido admirando el cielo azul y las nubes que lo surcaban como carabelas en la nada. El sol de verano le beso el rostro y el césped le acarició la piel descubierta de las extremidades; el día se le antojaba hermoso y perfecto para estar en aquel parque por un rato. Su perro se le acercó todo sucio y despeinado como solía estar, pues eran pocas las oportunidades en las que podía bañarlo pero aún así a él siempre le había parecido el mejor compañero que nadie pudiese tener, le lamió la mano y luego se la empujó un poco en señal de que tenía hambre.

Se acercó al lugar en donde había dejado los cartones que utilizaba para dormir amarrados en un paquete, aló una de las cuerdas un poco para poder meter la mano y saco un trozo de pan viejo y una pequeña lata de conserva de pescado, que una chica gentilmente le había regalado en la mañana cuando pasó por la puerta de un autoservicio, se sentó de nuevo en el césped, abrió la lata y rompió el pan con el mayor cuidado para qué se separase exactamente en dos secciones planas correspondientes, colocó en el pan un poco del contenido de la lata y el resto se lo dejó a su fiel compañero de tantos años.

Terminado su almuerzo levantó la lata y la guardó en su pequeño paquete de cartones, los tomó y empezó a andar por las calles; de pronto un comentario le llegó levemente con el viento: "Que mal huele ese hombre, y que mal aspecto tiene". No era la primera vez que le pasaba, por una parte ya no le importaba para nada lo que los otros pensaran, o que lo juzgasen sin conocerlo; pero siempre le molestaba que la gente fuese tan insensible y más aun que olvidase sus orígenes, pues primero todos venían desde una misma matriz y en segundo lugar el hombre había habitado las cavernas, la sociedad como se la conocía hoy era algo que no siempre había existido y que quizá no todo el mundo hubiese querido vivir voluntariamente. En cierto modo a él le pasaba eso último, le gustaba esa vida de vagar por las calles ver agente nueva por todos lados y que aunque probablemente no se conocían eran tan parecidas los unos a los otros, él era por decirlo de alguna manera un auto-desterrado de la sociedad e hijo de la nada y la soledad, y eso le fascinaba.

Siguió su camino por la vía pensando en estas y otras cosas, consiguió que le diesen unas cuantas monedas por aquí y por allá; siempre existía por ahí alguna que otra alma que se "apiadaba" de él aunque de alguna manera el no sentía la necesidad de que la gente se "apiadara" de él, puesto que generalmente el buscaba retribuir ese dinero, limpiando la luna del coche con una trapo o de alguna otra manera que pudiese.

Traspasó la cerca de una casa, ambas medio derruida por el tiempo se fijo que su amigo de cuatro patas hubiese pasado sin ninguna dificultad; y de verdad no le costó nada saltar esa cerca y seguir moviendo la cola por todo el resto del camino. Llegaron hasta lo que quedaba del patio trasero de esa casa; buscó, algo a tientas pues el sol ya se ocultaba, el pedazo de madera que bloqueaba la "entrada" que el había encontrado una tarde que vagaba en las cercanías y que daba a lo que había sido antaño la sala de estar de aquella casa abandonada. Desarmó su paquete de cartones y extendió el cartón más grande en el suelo, encima colocó unas mantas ya raídas que había conseguido hacia ya tiempo; al lado colocó otro pedazo algo más pequeño de cartón y otra manta. Llamó a su querido amigo, le acarició la cabeza y le ofreció para que se echase la "cama" que acababa de preparar para él, luego se acostó el en la suya se tapó con las mantas y contempló a través de un agujero del techo las estrellas que ya brillaban en el cielo nocturno; se sintió uno de los hombres más afortunados que existiesen por poder contemplar aquel bello espectáculo y se quedó tranquilamente dormido.



Quizá continuara...

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