viernes, 10 de octubre de 2014

Historias sin interés... (41)

La noche se empezaba a verter por entre los arboles. Caminaban de regreso por el sendero mal marcado, que habían tomado para buscar leña, hacia donde habían colocado todo para acampar; canturreaban y reían, medio ebrios de euforia, medio ebrios de alcohol. Cuando ya casi habían llegado uno tropezó con el otro, se empujaron un poco, agitaron las manos descuidadamente con el único afán de darle un golpe al primero con el que se cruzasen en el camino; rieron y vociferaron en la inmensidad boscosa que se levantaba a su alrededor.

Santiago era un muchacho algo más bajito que el resto de sus compañeros, que como él, en ese momento yacían en el suelo del bosque; usaba lentes sin los cuales no podía distinguir con claridad mucho, por no decir nada; era de cierta manera el más certero del grupo y el menos escuchado también,  aunque se sentía a gusto entre sus amigos sabía que, de todos, era sin duda el más tímido y el menos popular. En el momento en que se estaba levantando una bofetada le cayó haciendo caer sus gafas, y él mismo cayo de rodillas dándole cara a uno de los lados del sendero, empezó a mover las manos a ras del suelo tratando de dar con sus anteojos mientras el resto recogían los leños que habían tirado cuando tropezaron; en ese momento le pareció distinguir algo extraño, rojo, en el suelo a unos metros, pero era imposible el no podía distinguir nada sin sus anteojos.

Ya todos habían conseguido levantar su parte de la carga para cuando el encontró sus anteojos.

- ¿Qué pasó Santiago? - preguntó Benjamin; ante los ojos de Santiago el era sin duda el más popular de todo el grupo y el que solía tener mejor suerte con las chicas, siempre había querido aprender, o que se le pegase, si acaso era posible, un poco de su audacia, pero nunca había sido así.

- Nada - contestó - simplemente se me habían caído los anteojos pero ya los encontré, solo voy a levantar mi parte de la leña y los alcanzo -

- Seguro que no quieres ayuda con eso - le consultó Salvador. Santiago siempre había pensado que de todos Salvador era el más amable del grupo, en algún punto incluso le parecía que le tenía algo de lastima, pero de alguno u otro modo este siempre le había demostrado que no era así.

- Sí, seguro, adelántense yo los alcanzo en un segundo - contestó Santiago.

El resto del grupo se alejó mientras Santiago terminaba de recoger la leña; cuando estaba por tomar del suelo el último trozo de leña que podía distinguir entre la penumbra, vio, de nuevo, al lado del camino un destello rojizo, esta vez estaba seguro y sentía como si lo que fuese que estuviese en el suelo lo estuviera llamando, pidiéndole que lo descubra. Dejó las maderas en el suelo y dio un par de pasos muy lentos en dirección al brillo, conforme se iba acercando empezó a percibir un leve zumbido en el oído derecho; empezó a avanzar más rápido, se interno apenas un par de metros en el bosque y de pronto apareció frente a él completamente visible, un relicario con un símbolo muy extraño, una especie de caballo totalmente negro y con gemas rojas a modo de ojos; lo tomó con cuidado entre sus dedos he intentó abrirlo pero no pudo, con los dedos sintió que en la parte posterior había unas letras grabadas pero no las podía distinguir puesto que la oscuridad era para entonces casi completa. Guardó el relicario en el bolsillo del pantalón, tomó los leños y caminó lo más rápido que pudo hasta llegar a donde estaban sus amigos, quienes ya habían encendido un fuego; todos se voltearon cuando el llegó.

- Nos tenías preocupados - dijo Benjamin - ya estábamos por ir a buscarte Cicatriz y yo -

- Sí, pensábamos que te habías topado con algún cazador nocturno - dijo "Cicatriz" y se hecho a reír. Cicatriz era de todos probablemente el más experimentado en lo que a campamentos se refería, había pasado por el ejercito y de hecho ahí fue donde consiguió su apodo al ser atacado por un felino salvaje durante un entrenamiento en campo, lo cual le dejó una cicatriz bastante grande parte en el brazo y otra parte en el torso; lo gracioso es que después de tanto tiempo de decirle "Cicatriz", Santiago, casi había olvidado su nombre verdadero.

- Nada de eso, simplemente me demoré un poco más porque... - Santiago dudó si decirles lo que había encontrado en el bosque -... porque ya casi no había luz y no podía avanzar muy rápido -

La noche pasó tranquila, comieron, bebieron un poco más y canturrearon un poco; apagaron el fuego luego de un rato y se metieron a sus respectivas carpas. Santiago estaba agotado por el día, se quitó la ropa y se "empacó" en su bolsa de dormir, no sin antes guardar dentro de la misma el relicario que había encontrado, no estaba seguro del porque, pero no quería que nadie lo encontrase. Dio un par de vueltas y finalmente se quedó dormido.

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Ante él se levanto una especie de pared, no podía distinguir de que estaba hecha, pero fuera lo que fuera parecía completamente desagradable; una especie de proyección apareció de pronto. Una imagen muy perturbadora de una niña aparecía en ella, debería tener unos once o doce años, estaba con un atuendo completamente negro salvo por el cuello de una blusa blanca que se dejaba ver por sobre el cuello del vestido negro que llevaba puesto, toda ella estaba manchada de lo que parecía sangre; le sonreía a algo que no podía distinguir, de pronto la niña volteó su mirada hacia donde él estaba. Todo el  cuerpo se le estremeció, quiso moverse pero no pudo, sintió una mano húmeda que le tocaba el brazo derecho, se volteó y allí estaba toda bañada en sangre, quiso gritar y no pudo.

- Tu sabes que lo quiere hacer - le dijo la misteriosa niña - no te reprimas, esta bien que lo hagas, hazlo, vamos, no seas cobarde, tu sabes como. Además si lo haces encontraras grandes recompensas -

La miro desconcertado, estaba completamente aterrado de preguntar.

- El relicario -

La niña tomó el relicario que estaba en la mano derecha de Santiago y se lo apretó contra el pecho.

- Después de todo él te eligió. Él sabe porque, sigue el impulso, él conoce bien lo que te pasa... ... hazlo -

La niña le volvió a poner el relicario en la mano, se la cerró y luego se la besó, y le besó el muslo derecho.

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Se despertó de un golpe, se sentía terriblemente asustado por lo que acababa de soñar. Se incorporó y sintió mucho dolor en el pecho, buscó la causa del dolor y vio una marca, como la que deja una quemadura, sobre su piel con la forma del relicario que permanecía aun entre los dedos de su mano derecha.




Una pequeña historia para entrar en ambiente de "Día de Brujas", continuará...

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