El telón cayo, los aplausos todavía se escuchaban con mucha intensidad; su rostro como el resto de su cuerpo estaban empapados en sudor, su alma empapada de lágrimas, sus ojos estaban enrojecidos y algo inflamados de tristezas; por fin puedo relajar todos sus músculos. El sonido de el exterior parecía desaparecer, pero no porque realmente estuviera sucediendo; sino, porque había dejado de ponerle atención. Camino hasta el camerino y se tambaleó en los últimos metros para llegar a la puerta; sentía que las piernas no le respondían, o si lo hacían, le exigían detenerse en aquel mismo lugar y dejarse caer de espaldas de manera que ya no tuvieran que soportarlo más.
Abrió la puerta del camerino de un empujón que casi lo lleva a caer e bruces, se sentía perdido, desorientado; por un momento sintió que el mundo le dio vueltas y su vista no dejaba de bacilar entre las paredes blancas, el abrigo que estaba colgado en una percha de pie, el espejo con bombillas y bajo este el retrato de aquella joven sonriente; que estaba condenada desde hacía ya tanto a tener esa expresión tan alegre, tan vivaz, puesto que ya no podría volver a poner otra expresión, o a tener una opinión distinta; se dejó caer sobre el sofá de tres cuerpos de cuero que estaba frente a la imagen. Dejó que su cuerpo se recuperase después de tanto tiempo en tensión; quería apartar la mirada, pero no podía dejar de mirarla, no podía dejar de anhelar ser absorbido por sus ojos.
Con lo poca fuerza y deseo que le quedaban, se levantó del sofá y busco en su abrigo la pequeña licorera de bolsillo que tenía ahí; dio un sorbo que, sintió, le quemó la garganta y con ella el grito ahogado que no lo dejaba respirar bien en ese momento, echo otro trago y bajo la mirada al suelo; no quería toparse con su mirada en ese estado, ni siquiera en una foto. Observo por un momento como pequeñas gotas de sudor le resbalaban de la cara y daban contra el suelo dejando pequeñas marcas; se irguió de nuevo sin mirar de nuevo en dirección al retrato, la sensación de sentirse derrotado una vez más fue demasiado grande.
Se limpió la boca con la mano, se miro un momento en el espejo de un solo movimiento veloz y preciso estrello la licorera contra el fondo de la papelera que tenía al lado; fue al baño y se mojo la cara, ya no quería tener porque sentirse del modo en que se había estado sintiendo, ya no quiso volver a ver aquella licorera nunca más; se cambió, tomó el marco con la foto que estaba bajo el espejo, lo giró en su mano y le retiró la foto, la dobló con cuidado y la puso en el bolsillo de su camisa, tomó el abrigo y el resto de sus cosas y salió de la habitación.
Abrió la puerta del camerino de un empujón que casi lo lleva a caer e bruces, se sentía perdido, desorientado; por un momento sintió que el mundo le dio vueltas y su vista no dejaba de bacilar entre las paredes blancas, el abrigo que estaba colgado en una percha de pie, el espejo con bombillas y bajo este el retrato de aquella joven sonriente; que estaba condenada desde hacía ya tanto a tener esa expresión tan alegre, tan vivaz, puesto que ya no podría volver a poner otra expresión, o a tener una opinión distinta; se dejó caer sobre el sofá de tres cuerpos de cuero que estaba frente a la imagen. Dejó que su cuerpo se recuperase después de tanto tiempo en tensión; quería apartar la mirada, pero no podía dejar de mirarla, no podía dejar de anhelar ser absorbido por sus ojos.
Con lo poca fuerza y deseo que le quedaban, se levantó del sofá y busco en su abrigo la pequeña licorera de bolsillo que tenía ahí; dio un sorbo que, sintió, le quemó la garganta y con ella el grito ahogado que no lo dejaba respirar bien en ese momento, echo otro trago y bajo la mirada al suelo; no quería toparse con su mirada en ese estado, ni siquiera en una foto. Observo por un momento como pequeñas gotas de sudor le resbalaban de la cara y daban contra el suelo dejando pequeñas marcas; se irguió de nuevo sin mirar de nuevo en dirección al retrato, la sensación de sentirse derrotado una vez más fue demasiado grande.
Se limpió la boca con la mano, se miro un momento en el espejo de un solo movimiento veloz y preciso estrello la licorera contra el fondo de la papelera que tenía al lado; fue al baño y se mojo la cara, ya no quería tener porque sentirse del modo en que se había estado sintiendo, ya no quiso volver a ver aquella licorera nunca más; se cambió, tomó el marco con la foto que estaba bajo el espejo, lo giró en su mano y le retiró la foto, la dobló con cuidado y la puso en el bolsillo de su camisa, tomó el abrigo y el resto de sus cosas y salió de la habitación.
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