Sus lagrimas apenas fueron notorias sobre el suelo arcilloso y la vegetación, su cabeza gacha parecía mezclarse con los arboles; estaba ahí, solamente observando con desesperación y angustia en su rostro mientras aquella bestia negra se tragaba todo a su paso por las aguas, la indiferencia del mundo le helaba la sangre mientras escuchaba algunas aves que pasaban por ahí y el constante sonido que producían las hojas al toparse con el pelaje de algún animal.
El eco de una risa y el fantasma de un perdón que pudo no haber existido, le cortaron los oídos; las promesas, el dinero burocrático del que nunca llegaría a ver ni una sombra le inflamaron a un más los ojos y le dilataron las pupilas, la ira de su pueblo, la tierra de sus ancestros le había sido arrebatada por la desidia y la negligencia. Ya no quedaba en quien creer, en su mente las imágenes de los arboles, los peces y las personas marcadas por aquella bestia que pasaba frente a sus ojos le acechaban y le destrozaban el corazón; pronto la falta de todo los ahorcaría hasta dejarlos tendidos en el suelo y no podía hacer nada. Nada. Él que lo único que hacia era vivir de la tierra sin pedirle nada a nadie, el hombre que durante tantos años había aprendido la sabiduría ancestral de su pueblo para convivir con la naturaleza que le rodeaba; ahora se veía abofeteado por el "progreso" del cual no formaba parte, del cual no había tenido la intención de formar, y del que tantas veces había sido excluido hasta de sus formas más básicas y universales. Y ahora esto.
El tiempo paso mientras seguía ahí, inmóvil, impotente, sin tener la menor idea de lo que podría llegar a suceder o si podría hacer algo para detenerlo; por un momento deseó poder regresar en el tiempo para poder evitar que todo aquello sucediera. La naturaleza acompañó su llanto con el propio, por la tierra que moría, por los animales que agonizaban en su propia vida, por la oscuridad que se tragaba la luz de aquel lugar sagrado.
Y la Amazonía lloró amargamente su situación, la luz del mundo se perturbo y la fe en el mundo se alejo de sus pensamientos por mucho.
El eco de una risa y el fantasma de un perdón que pudo no haber existido, le cortaron los oídos; las promesas, el dinero burocrático del que nunca llegaría a ver ni una sombra le inflamaron a un más los ojos y le dilataron las pupilas, la ira de su pueblo, la tierra de sus ancestros le había sido arrebatada por la desidia y la negligencia. Ya no quedaba en quien creer, en su mente las imágenes de los arboles, los peces y las personas marcadas por aquella bestia que pasaba frente a sus ojos le acechaban y le destrozaban el corazón; pronto la falta de todo los ahorcaría hasta dejarlos tendidos en el suelo y no podía hacer nada. Nada. Él que lo único que hacia era vivir de la tierra sin pedirle nada a nadie, el hombre que durante tantos años había aprendido la sabiduría ancestral de su pueblo para convivir con la naturaleza que le rodeaba; ahora se veía abofeteado por el "progreso" del cual no formaba parte, del cual no había tenido la intención de formar, y del que tantas veces había sido excluido hasta de sus formas más básicas y universales. Y ahora esto.
El tiempo paso mientras seguía ahí, inmóvil, impotente, sin tener la menor idea de lo que podría llegar a suceder o si podría hacer algo para detenerlo; por un momento deseó poder regresar en el tiempo para poder evitar que todo aquello sucediera. La naturaleza acompañó su llanto con el propio, por la tierra que moría, por los animales que agonizaban en su propia vida, por la oscuridad que se tragaba la luz de aquel lugar sagrado.
Y la Amazonía lloró amargamente su situación, la luz del mundo se perturbo y la fe en el mundo se alejo de sus pensamientos por mucho.
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