viernes, 13 de junio de 2014

Historias sin interés... (26)

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Sus cuidadosos pasos resonaron en la caja de la escalera, oscura en aquella noche sin luna; uno a uno generaron un pequeño eco tras de sí, rompiendo el silencio tan delicado que se extendía por la casa, hasta llegar al final de la escalera y luego a la cocina. Encendió la luz con cuidado de no hacer sonar el interruptor de la luz.

Tras de sí y sin que lo notase el eco de sus pasos todavía no se había extinguido, o más bien el eco de unos pasos aparecían de nuevo sutiles en la caja de la escalera, tan sutil que inmersa en sus propios pensamientos no logro escucharlos mientras tomaba una rebanada de pan entre sus dedos y le esparcía  mermelada por encima.

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Contenía la respiración, estaba a algunos pasos volteada, y no se había dado cuenta que estaba ahí; empezó a avanzar lentamente hacia ella, ya no podía soportar verla, el momento era el adecuado, ella estaba concentrada en su pequeño refrigerio nocturno. Todo era como un sueño, o una de sus pesadillas; de algún modo sentía todo aquello tan placentero como atemorizante, al mismo tiempo sentía un poco de culpa; pero la odiaba, la odiaba por no amarlo; por atreverse a ser feliz mientras él no lo era.

Levanto el cuchillo y sin titubear ni un solo instante lo mancho con el rojo oscuro que brotaba a borbotones del blanco lienzo de su piel, que quedó marcado con la seña de la muerte mientras su mano todavía tibia seguía sosteniendo, inerte, el trozo de pan con mermelada.

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No sintió nada, ni el más minimo sonido, ni una sombra; solo estaba concentrada en su bocadillo; cuando sintió al fin, aunque demasiado tarde, el beso helado del acero, y después de eso nada, solo el frío que se extendía desde la abertura, en la que seguía encajada la lamina de acero, y que se extendía por todo su cuerpo poco a poco, y luego, nada.

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 Su cuerpo inerte cayo sobre sus brazos, al fin todo había acabado. Pero entonces el dolor se lo trago, como si cayese en un pozo sin fondo, impotente de hacer nada. Su felicidad seguía pareciendo una llama extinta, quitársela no le había dado nada, y le había quitado todo. Se sentía vacío, siempre estuvo vacío. 

Y la noche oscura los tomó entre sus brazos, ambos besados por el frío acero. Besados por la muerte.

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