viernes, 20 de junio de 2014

Historias sin interes... (27)

Recomiendo acompañar la siguiente historia con:




Mil cosas lo rodeaban, lo absorbían en aquel espacio; las estanterías forman pasadizos en un laberinto sin salida, sin más luz que la que aparecía tenue y triste de aquellas gotas de luz, aquellas gotas que habían sido teñidas de sal, manchadas de ayer. Estaba encerrado, perdido, como había estado anteriormente en si mismo, en sus recuerdos, en sus planes.

Camino por entre las estanterías, y entre todas empezó a ver solo recuerdos, fotos, mil objetos que se le clavaban en la memoria y le desangraban la sonrisa. Perdía su reflejo y las siluetas entre las lagrimas que le enrojecían los ojos y le dejaban esa sensación, tan familiar, de que algunas palabras se habían quedado en la garganta, que le faltó gritar, decir o hacer algo. Se torturaba entre tantas cosas, y como su silueta en los cristales que habían colocados desordenadamente, se veía cada vez más borroso; se sentía más ajeno al sol, a la risa, al cielo, a la felicidad.

Llego ante un viejo marco antes plateado, hoy deslucido por el tiempo y en el vio esa foto; su foto. ¿Por qué?. ¿Por qué todo había terminado? ¿Por qué no se reconocía a sí mismo en esa foto? ¿Qué le había pasado, por qué ya no era él?. Ya no se sentía capaz ni si quiera de ser la sombra de lo que "fue".

Dejó el marco y siguió caminando, por entre aquellas cosas que apenas se sentían visibles, casi etéreas; en aquel lugar hasta él se sentía etéreo casi irreal, como si no existiera. Nada era igual, él no era igual. Tomo entre sus manos un viejo guante de cuero, con el logo del Madrid, casi no se sostenía por las costuras y el cuero se había podrido; otra lagrima rodó por su rostro al recordar todas aquellas tardes en el campo jugando. Todo eso se había terminado. Ya no era. Ya no es.

A su lado yacía una correa de cuero, que sentía le estrujaba el corazón, lo destrozaba, la correa que usaban para darle "correctivos". La amargura tomo su pecho y solo empezó a avanzar rápido.

Y siguió por los oscuros corredores su camino. Pero no tenía camino. Solo vagaba. Estaba sin camino. Sin inicio, sin rumbo, sin meta, sin salida.

Se sentía destrozado, de pronto vio en el piso un marco estrellado la foto de sus hijos había sido cortada por el vidrio del marco. Cuando quiso tomarla sintió como el vidrio no solo le perforaba la piel sino también el alma y vio como sus lagrimas manchaban la imagen y la desteñían. Se odiaba, lo odiaban. No era nada.

Un espejo lo aguardaba en el siguiente corredor, uno brillante con marco de madera oscura y pesada. Y allí solo se pudo ver el deformado por la tristeza y la rabia, el dolor que desgarraba su espíritu; ya no se pudo reconocer, ya no era él, ¿se había perdido?.

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