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Agitó fuertemente su cuerpo por los brazos, sus manos parecía garras tratando de clavarse en su carne; tenía los ojos inyectados, las venas del cuello y los brazos parecían a punto de estallarle.
- Mírame - gritó, presionando aun con más fuerza los dedos contra su piel - mírame, no escondas el rostro, mírame, o ¿es qué acaso le tienes miedo a tu propia creación? - la fuerza de sus palabras era estremecedora, cada palabra parecía ser una daga que trataba de desgarrar el alma de su receptor.
Trató de luchar pero las manos que le sostenían eran demasiado fuertes. Le agitaban, le removían hasta el último mal recuerdo; la ingratitud, el descuido, la humillación que le había provocado años atrás y las ilusiones rotas se le materializaban enfrente, en esos ojos encandilados por el odio y la desesperanza, en esos ojos que a pesar de todo dejaban entrever el profundo dolor de una vieja herida.
Le soltó un brazo y tomó una botella, que yacía en la mesilla que tenía al lado, la miro un momento y luego miró a su víctima, aunque quién realmente era la víctima y quien el victimario; levantó la botella por sobre su cabeza y la estrello con fuerza contra la pared más cercana, algunos pedazos de la botella que quedaron aun en su mano después del impacto le causaron cortes; cerró la mano y pasó lentamente los dedos por la sangre aún tibia que le emanaba de las aberturas de la piel.
Con su palma completamente ensangrentada pasó sus dedos por la mejilla y le dejó una marca con la forma de unos labios, que brillaba en su tez pálida; podía sentir aun la sensación tibia de la sangre todavía "fresca" de su atacante, la cual se fundió con sus lagrimas de amargura; porque después de todo la culpa le carcomía por dentro, por haber tratado tan mal a una persona que no lo merecía.
Se acercó y paso los labios por la marca que acababa de hacer, en ese momento se desmoronó, no podía continuar; "se lo merece" le gritaba una voz desde su interior, pero no podía, simplemente no podía; dejó caer una lagrima que se entrelazó con la de su víctima; no podía, le soltó el brazo y se desplomó sobre una silla; y dejó que las lagrimas cubrieran sus ojos, su rostro y la palma de sus manos. Su rostro se macho con su propia sangre.
No se podía mover, sabía que debía huir, pero no podía, en el fondo sabía que pagaba una vieja deuda; y que esa herida cargaba en su conciencia; que ese dolor lo había impulsado a querer dañarle eran únicamente su culpa.
Levanto el rostro trastornado de manera temible por la sangre, el llanto y el dolor. Se levantó de la silla aun desesperado y se arrojó a correr contra una ventana. Y no paró hasta que su cuerpo besó el pavimento varios metros más abajo, la sangre cubrió su ropa y el suelo.
El cuerpo le temblaba completo, no soportaba el horror que acababa de presenciar; de alguna manera sentíase responsable, sabíase responsable por la muerte de aquella, antaño, gentil alma. Tomó el pedazo más grande que pudo encontrar de la botella y lo pasó firmemente por su cuello, lo más profundo que pudo hasta que la luz del cuarto se transformó en oscuridad.
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