Un beso, y eso era todo pensaron. Un mordaz e incisivo, pero sobre todo simple, beso; solo un pensamiento, una alusión inocente a un acto, únicamente; corpóreo, material y qué no significaba nada en ellos; en sus sensaciones, en sus emociones.
Solo un beso, en un espacio social; un beso, o más que eso el pago de una penitencia que se les achacaba por pacto múltiple y total. Aunque nunca hubiesen estado seguros de si realmente querían aceptarlo o no, después de todo era solo una convención social. Era la inocencia de un juego la que los haría perder la inocencia sobre ellos mismos y sobre el ser que se difuminaba suave y dulcemente con el propio.
La unión hacia perder la inocencia y la ignorancia de que existía otro punto focal de atención, aparte de ellos mismos, a cada instante que pasaba. Pero todo era solo una convención social. O ¿no?.
Ni el todo del mundo podía evitarles aquellas dudas que habían empezado a surgir, aquellas inseguridades jamás podrían ser aliviadas por brebaje o estupefaciente alguno; dudas que ni toda el ruido o música, al volumen que fuese, podrían acallar.
Y aún así querían abandonarce el uno en el otro y no podían, no debían; el mundo seguía allí afuera, tan grande, tan basto y para ellos ahora más que nunca tan exigente como siempre. Los pensamientos ahora los dividían y los unían; los separaban dolorosamente, pues no debía ser. La convención social que los incitó a probarse, que los empujó a preguntarse, a experimentar; los separaba, los prohibía, los torturaba. Era solo un juego, era solo pasar el rato entre risas y "desacatos" de aquello que se dictaba como norma, como costumbre; y que ahora les destrozaba el corazón por dentro, que ahora les quemaba el alma y los hacía perderse en laberintos de dudas y sufrimiento.
Una tontería febril de mocedad; que ellos jamás hubiesen podido pensar se transformaría en llave, aquella que abriría los portones hacía un camino disperso, borroso; que solo se mostraba fiero y temible por la dudas que se levantaban como puntas de lanza o se escondían bajo tierra como minas apunto de explotarles la vida en mil pedazos. Y era solo un juego, el que les jugaba una penosa treta, un penoso y cruel engaño.
Un beso y dos entes que sólo estaban ahí, en un momento en el que aparentemente el destino les cuarteó la juventud poniéndoles en el camino del otro. Él pensó, Ella pensó. Sólo un beso, ¿qué daño haría?, era un juego. Ella no se puede enamorar de mí, Él no se puede enamorar de mí. Un mundo nos separa.
Solo un beso, en un espacio social; un beso, o más que eso el pago de una penitencia que se les achacaba por pacto múltiple y total. Aunque nunca hubiesen estado seguros de si realmente querían aceptarlo o no, después de todo era solo una convención social. Era la inocencia de un juego la que los haría perder la inocencia sobre ellos mismos y sobre el ser que se difuminaba suave y dulcemente con el propio.
La unión hacia perder la inocencia y la ignorancia de que existía otro punto focal de atención, aparte de ellos mismos, a cada instante que pasaba. Pero todo era solo una convención social. O ¿no?.
Ni el todo del mundo podía evitarles aquellas dudas que habían empezado a surgir, aquellas inseguridades jamás podrían ser aliviadas por brebaje o estupefaciente alguno; dudas que ni toda el ruido o música, al volumen que fuese, podrían acallar.
Y aún así querían abandonarce el uno en el otro y no podían, no debían; el mundo seguía allí afuera, tan grande, tan basto y para ellos ahora más que nunca tan exigente como siempre. Los pensamientos ahora los dividían y los unían; los separaban dolorosamente, pues no debía ser. La convención social que los incitó a probarse, que los empujó a preguntarse, a experimentar; los separaba, los prohibía, los torturaba. Era solo un juego, era solo pasar el rato entre risas y "desacatos" de aquello que se dictaba como norma, como costumbre; y que ahora les destrozaba el corazón por dentro, que ahora les quemaba el alma y los hacía perderse en laberintos de dudas y sufrimiento.
Una tontería febril de mocedad; que ellos jamás hubiesen podido pensar se transformaría en llave, aquella que abriría los portones hacía un camino disperso, borroso; que solo se mostraba fiero y temible por la dudas que se levantaban como puntas de lanza o se escondían bajo tierra como minas apunto de explotarles la vida en mil pedazos. Y era solo un juego, el que les jugaba una penosa treta, un penoso y cruel engaño.
Un beso y dos entes que sólo estaban ahí, en un momento en el que aparentemente el destino les cuarteó la juventud poniéndoles en el camino del otro. Él pensó, Ella pensó. Sólo un beso, ¿qué daño haría?, era un juego. Ella no se puede enamorar de mí, Él no se puede enamorar de mí. Un mundo nos separa.
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