viernes, 18 de julio de 2014

Historias sin interés... (31)

Se vio reflejado en los pequeños pedacitos de vidrio plateado mientras estos volaban por el aire, y entendió que su suerte no había cambiado; que nada había cambiado, lo único que había cambiado era él.

Camino por el pasillo alfombrado a la media luz que dejaban las lamparas que se posaban una sobre el piso y la otra sobre un mesita; llego hasta el baño, se vio en el espejo del lavabo y mientras limpiaba la sangre que había brotado de su mejilla al recibir el afilado beso de un trozo de espejo, derramó lagrimas, no podría asegurar si eran lagrimas ocasionadas por el dolor físico o por algún dolor que se escondía en lo más profundo de su alma, o si era acaso un espasmo de amargura o irritación.

El lavabo se tiñó levemente de rojo mientras las gotas de sangre y sal se deslizaban por él hasta la coladera.

Sus ojos quedaron inyectados; en su cabeza solo podía ver escenas de días pasados entre sonrisas y abrazos. De pronto estalló, exactamente como había estallado el espejo hacía unos instantes, en gritos y blasfemias; el dolor que tanto tiempo había cargado en su pecho, en su alma; el dolor que tanto tiempo le había ocultado al mundo entero y que le había pesado sobre los hombros escapó de él y se dirigió directamente hacía la única persona viva en la habitación, esa persona que él pensaba había tenido la culpa de todo, aquella que la había dejado tomar el tren ese día, aquella que se lo había propuesto.

Toda su ira fue a parar contra él mismo, nada ni nadie lo podría haber detenido en ese momento en el que su único pensamiento era eliminar a aquella persona que tanto daño le había causado a su vida. Corrió a través del pasillo hasta la cocina, tomó un cuchillo y con un movimiento rápido aunque algo dubitativo se cercenó un dedo de la mano izquierda; lo tomó entre sus dedos restantes y corrió hasta el patio dejando un rastro de sangre por el piso.

Con la mano derecha escarbó un agujero en la tierra húmeda y a la luz de las estrellas enterró el pedazo de él que se había liberado, para tratar de perdonarse, para tratar de que lo perdonen y para dejarse una marca que le ayudase a recordar, aunque no estuviese seguro de qué.

Fue hacía el baño, se limpió la herida, tomó el teléfono y llamó a emergencias. Salió al portico, cerró la puerta, se sentó en el piso y ahí al fin se dejó caer y perder el conocimiento.







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